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Chacaltaya también fue parte del camino científico que llevó al primer hombre a la Luna
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La Paz, 23 de septiembre de 2026 (DCOM-UMSA).- Siete años antes de que el ser humano pisara por primera vez la Luna, una montaña boliviana ya contribuía a los estudios científicos sobre el entorno espacial entre la Tierra y la Luna (sistema Tierra-Luna). A más de 5.200 metros de altura, los cielos extremadamente oscuros y la ubicación privilegiada de Chacaltaya permitieron realizar observaciones que eran difíciles en otros lugares del mundo. Por ello, científicos estadounidenses llegaron entonces a Bolivia para investigar desde allí regiones del espacio vinculadas a la exploración lunar.

En 1962, los investigadores estadounidenses Elliot C. Morris y H. G. Stephens llegaron a Chacaltaya enviados por el programa de Astrogeología del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Buscaban observar los llamados puntos de libración L4 y L5 (regiones del sistema Tierra-Luna donde pueden concentrarse materiales) y comprobar si allí existían las llamadas nubes de Kordylewski, que son tenues concentraciones de polvo que podían contener incluso material procedente de la Luna y cuyo estudio formaba parte de las investigaciones para comprender mejor el entorno espacial que comenzaba a explorar el ser humano. 

El propio USGS documentó que Chacaltaya fue elegido por la oscuridad de sus cielos nocturnos, su gran altura y su ubicación cercana a la Línea del Ecuador, que permitía observar esas regiones en condiciones especialmente favorables. El director del Observatorio Astronómico de la UMSA, Mirko Raljevic, explica que estas características hicieron de Chacaltaya un punto privilegiado para observar regiones del cielo que resultaban mucho más difíciles de estudiar desde otros lugares. 

Y en aquella historia también hubo participación boliviana, destaca el Dr. Martín Subieta, director del Instituto de Investigaciones Físicas de la UMSA. En 1963, el entonces mayor del Ejército, ingeniero geodesta y astrónomo José Antonio Zelaya, trabajó junto al equipo científico y realizó observaciones durante varios meses desde Chacaltaya. 

Para evitar que el brillo de la propia cúpula afectara las fotografías, sacaba el telescopio y la cámara al exterior y trabajaba a la intemperie, soportando fuertes vientos y temperaturas de hasta 23 grados bajo cero. Entre junio y noviembre de ese año se obtuvieron decenas de placas fotográficas de las regiones L4 y L5 y se realizaron también mediciones con un telescopio especial. 

La UMSA ya hacía ciencia en la montaña

La montaña boliviana no fue simplemente el paisaje donde se instalaron instrumentos extranjeros, pues el informe técnico del USGS registra un detalle que muestra la participación de la infraestructura científica boliviana. La energía eléctrica utilizada por el sistema de cámaras provenía de la estación de rayos cósmicos mantenida por la Universidad Mayor de San Andrés, ubicada también en la montaña. La UMSA ya desarrollaba allí investigación científica y brindó soporte a un experimento que formaba parte de las investigaciones lunares del programa de Astrogeología estadounidense. 

Fue así que Chacaltaya formó parte de un esfuerzo científico para comprender el entorno lunar en los años en que Estados Unidos preparaba su exploración espacial con la misión Apolo 11. Subieta resalta que aquellos trabajos fueron parte de estudios más amplios que acompañaron el desarrollo de los vuelos espaciales y posteriormente del programa Apolo.
 
Décadas después, aquella historia sigue siendo motivo de orgullo. Antes de que el ser humano pisara la Luna, Chacaltaya ya había aportado sus condiciones excepcionales, su infraestructura científica y el trabajo de investigadores bolivianos a los estudios que acompañaban aquella gran hazaña de la humanidad. Hoy, más de 80 años después del inicio de su actividad científica, la montaña boliviana continúa observando el universo y produciendo conocimiento desde Bolivia para el mundo.

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La Entrada Folklórica Universitaria impulsa el turismo y mueve más de Bs 19 MM en La Paz

La Paz, 25 de julio de 2026 (DCOM-UMSA).- Cada año, miles de universitarios toman las calles con trajes coloridos, bandas de música y danzas que representan la riqueza cultural de Bolivia. Lo que muchos no imaginan es que la Entrada Folklórica Universitaria de la Universidad Mayor de San Andrés es un importante motor para el turismo y la economía paceña. Un estudio revela que genera un movimiento económico superior a Bs 19 millones.

La investigación fue desarrollada por el Instituto de Investigación, Consultoría y Servicios Turísticos (IICSTUR), de la Carrera de Turismo, con la participación de docentes investigadores y estudiantes, quienes aplicaron 530 encuestas durante la XXXVI Entrada Folklórica Universitaria para conocer el impacto económico y cultural de esta actividad. 

Los resultados muestran que el movimiento económico comienza mucho antes del día del recorrido. Un total de 1.380 bailarines realizan un gasto superior a Bs 5 millones en la confección y alquiler de trajes, contratación de bandas de música, ensayos, actividades previas y logística. 

A ello se suma el consumo de unos 120.000 espectadores, quienes generan movimiento en restaurantes, transporte, comercio, hospedajes y otros servicios, alcanzando un impacto económico superior a Bs 19 millones para La Paz. 

Datos detrás de la experiencia

Pero el estudio también revela que la entrada trasciende lo económico. Cerca del 97 % de los asistentes recomienda vivir esta experiencia y 8 de cada 10 consideran que aporta de manera significativa a la diversidad cultural y educativa del país. 

Además, la investigación identificó la presencia de visitantes de otros departamentos e incluso del extranjero, confirmando que esta celebración también fortalece el turismo y proyecta la imagen de La Paz como destino cultural.

Una de las características que distingue a la Entrada Folklórica Universitaria de la UMSA es que cada fraternidad sustenta su participación con una investigación sobre la danza que interpreta. 

Esa combinación entre conocimiento, identidad y tradición convierte a esta celebración en un espacio donde el patrimonio cultural no solo se vive y se baila, sino que también se estudia, se preserva y genera beneficios concretos para la ciudad.

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